¿Sabían que el imponente gato savannah, considerado el felino doméstico más grande del mundo, nació en realidad por un curioso error de alojamiento en la década de 1980?
El origen de estos fascinantes animales con aspecto de leopardo no se debió a un plan científico fríamente calculado, sino a una casualidad. En abril de 1986, la criadora estadounidense Judee Frank tenía bajo su cuidado a un serval, un felino salvaje originario de las sabanas africanas que debía aparearse con una hembra de su misma especie. Sin embargo, por cuestiones de espacio, el serval compartía habitación temporalmente con una gata doméstica siamesa. Para sorpresa de todos, la convivencia funcionó de una manera inesperada y la gata terminó dando a luz a una pequeña cría hembra que heredó las manchas y las enormes orejas de su padre, siendo bautizada con el nombre de Savannah.
Lo que vuelve sumamente especial e inusual a esta raza es que el tamaño y el temperamento de los cachorros dependen por completo de qué tan cerca estén de su antepasado salvaje en el árbol genealógico. Los ejemplares de primera generación, conocidos como F1, son gigantescos que pueden pesar más de 11 Kg y tienen una energía desbordante que los impulsa a dar saltos verticales de hasta dos metros y medio de altura sin el menor esfuerzo. Criar a estos animales es un verdadero reto para los expertos, ya que debido a la diferencia genética entre las dos especies, la gran mayoría de los machos de las primeras generaciones nacen estériles, lo que convierte al gato savannah en uno de los felinos más raros, codiciados y complejos de reproducir en todo el planeta.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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