#datocurioso
¿Sabían que el origen del rompope en el siglo XVII responde a una necesidad de reciclaje dentro de los conventos de la ciudad de Puebla?
Durante la época virreinal, las monjas clarisas del Convento de Santa Clara se encargaban de elaborar platillos y dulces sofisticados para agasajar a los sacerdotes, obispos y autoridades eclesiásticas que visitaban sus instalaciones. Para la arquitectura y el mantenimiento de las iglesias, así como para la clarificación del vino de mesa y el planchado de los hábitos religiosos, las religiosas utilizaban cantidades masivas de clara de huevo. Este proceso generaba un enorme excedente de yemas sobrantes que terminaban acumulándose en las cocinas coloniales. Para evitar el desperdicio de este insumo, las monjas comenzaron a experimentar mezclando las yemas con leche de vaca, azúcar, canela y vainilla de Veracruz, dando vida a una crema espesa y aromática que adaptaba las viejas recetas d
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¿Sabían que el origen del rompope en el siglo XVII responde a una necesidad de reciclaje dentro de los conventos de la ciudad de Puebla?
Durante la época virreinal, las monjas clarisas del Convento de Santa Clara se encargaban de elaborar platillos y dulces sofisticados para agasajar a los sacerdotes, obispos y autoridades eclesiásticas que visitaban sus instalaciones. Para la arquitectura y el mantenimiento de las iglesias, así como para la clarificación del vino de mesa y el planchado de los hábitos religiosos, las religiosas utilizaban cantidades masivas de clara de huevo. Este proceso generaba un enorme excedente de yemas sobrantes que terminaban acumulándose en las cocinas coloniales. Para evitar el desperdicio de este insumo, las monjas comenzaron a experimentar mezclando las yemas con leche de vaca, azúcar, canela y vainilla de Veracruz, dando vida a una crema espesa y aromática que adaptaba las viejas recetas del ponche de huevo europeo al paladar mestizo.
La receta original de este elixir se resguardaba bajo un estricto secreto comunitario, y las reglas eclesiásticas prohibían terminantemente que las mujeres del claustro consumieran bebidas con contenido alcohólico. Cuenta la historia que una monja llamada Eduviges, quien era la encargada de supervisar la sazón de los banquetes, consiguió el permiso de los superiores para añadir un toque de aguardiente de caña a la preparación con el fin de realzar los sabores y mejorar la conservación. Ella misma era la única autorizada dentro del convento para probar la mezcla antes de servirla a los invitados de alto rango. La bebida causó tal revuelo fuera de los muros religiosos que la congregación optó por comercializarla en botellas de vidrio, convirtiéndose en el principal sustento económico para el mantenimiento del monasterio y popularizándose rápidamente en los mercados locales hasta transformarse en un elemento tradicional de la repostería mexicana.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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